En el marco del proyecto de investigación doctoral desarrollado por Carlos Díaz Acevedo en el Doctorado en Innovación Educativa y Cultura Digital de la Universidad de Cartagena, se destaca el testimonio y la trayectoria de Ellie del Mar Mendivil Patrón, una niña de 8 años de edad, estudiante del Colegio Hermano Antonio Ramos de La Salle y habitante del barrio Los Comuneros. Su experiencia viva constituye una evidencia empírica clave que demuestra cómo la niñez popular afrodescendiente ejerce su ciudadanía y resemantiza la planificación urbana desde la cota corporal de un metro diez.
Desmontando el adultocentrismo: Agenciamiento cívico y emprendimiento familiar
La investigación doctoral cuestiona la postura adultocéntrica que califica a las niñas y los niños como «seres del futuro» o «incompletos», posicionándolos como sujetos políticos y económicos activos del presente. Ellie del Mar encarna este principio al desempeñarse activamente en la Asociación Narrarte, donde apoya en la logística de alistar micrófonos, grabar contenidos comunitarios y coordinar dinámicas lúdicas.
Asimismo, Ellie lidera el emprendimiento familiar «Del Mar Jabones», mediante el cual elabora y comercializa jabones artesanales de cúrcuma, caléndula, arroz, manzanilla, aloe vera, patilla y uva. Con las ganancias obtenidas, reinvierte en glicerina e insumos, al tiempo que contribuye al bienestar de su hogar adquiriendo alimentos, ropa, una tablet para sus estudios y salidas recreativas en familia.
Reconceptualizando la Smart City: Expresión, lúdica y tecnología ética
Frente a los modelos tecnocráticos de Smart City centrados únicamente en datos fríos y sensores, Ellie del Mar define una Ciudad Inteligente como un territorio «más comunicativo» donde las niñas y los niños puedan «mostrar su inteligencia» y expresarse con libertad. Entre sus propuestas de diseño urbano destacan:
- Infraestructura lúdico-cognitiva: La creación de parques infantiles inclusivos, inspirados en el Parque Chambacú, equipados con canchas de voleibol, zonas de alimentación saludable, carpas para campamentos familiares, diarios comunitarios con papel y lápiz, y juegos de inteligencia como Stop, Triki, Uno, Ahorcado y ajedrez.
- Uso consciente de la tecnología: Ellie señala que las herramientas digitales deben emplearse con moderación para «no coger una manía» (adicción a las pantallas), orientando su uso hacia la investigación de tareas escolares, el entretenimiento formativo y la difusión de anuncios cívicos en el barrio.
El tríptico de los Entornos Protectores a un Metro Diez
El testimonio de Ellie del Mar operacionaliza la dimensión práctica de los tres micro-territorios que componen la vida cotidiana infantil:
- Familia Un Metro Diez: Un espacio donde se escuchan las ideas de los niños y las niñas sin interrupciones ni burlas adultas en momentos importantes.
- Escuela Un Metro Diez: Aulas climatizadas con aire acondicionado para contrarrestar el calor extremo, áreas de juegos y docentes pacientes que prioricen la pedagogía sobre el regaño.
- Barrio Un Metro Diez: Entornos equipados con canchas, trampolines, columpios, toboganes y una señalética identitaria con un gran cartel de «Un Metro Diez» junto a las fotografías de las niñas y los niños del sector.
Formación artística, vivencia territorial y proyección de futuro
A través de su participación en talleres de danza con el grupo Atabaques, campamentos temáticos de El Principito con observación astronómica de la luna y salidas pedagógicas al Cerro de La Popa, al Festival del Frito y a las Botas Viejas, Ellie ha fortalecido su seguridad personal y expresión pública. Este proceso le permitió perder el temor a las cámaras y micrófonos, logrando transferir esas habilidades al ámbito escolar con la máxima calificación (5/5) en sus evaluaciones sobre medios de comunicación.
De cara al futuro, Ellie del Mar proyecta ser veterinaria y sueña con la construcción de un centro comunitario amplio y climatizado donde muchos niños puedan reunirse a bailar, jugar a congelado y reír juntos. Su testimonio reafirma que una ciudad planificada a la escala de un Metro Diez no solo reconoce los derechos de los niños y las niñas, sino que construye un hábitat más humano y justo para toda la sociedad.
